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15/07/2017




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DIARIO DE LA MARINA
LA HABANA -  CUBA
COSTUMBRES GADITANAS: EL CARNAVAL

En febrero de 1845, concretamente los días 1, 2 y 3, el Diario de la Marina, órgano oficial del apostadero de la Habana (Cuba), publicaba un artículo titulado COSTUMBRES GADITANAS: EL CARNAVAL. Un artículo muy rico en datos y detalles que nos da una visión a 170 años, de cómo se celebraban las fiestas de carnaval en la ciudad de Cádiz.  El autor de dicho trabajo, el cual lo firma con las iniciales  J.C. refleja pormenorizadamente  y con todo lujo de detalles la secuencia de los tres días de carnaval vivido por los gaditanos.

Los responsables del periódico, dividieron el mencionado artículo en tres partes, incluyendo cada una de ella en los días consignados, 1, 2 y 3 de febrero de 1845.

Nosotros, en esta página del Aula de Cultura del Carnaval de Cádiz, haremos lo mismo, divulgaremos el artículo en tres días. Ayer os acercamos la primera parte y hoy la segunda, tal como salió en el Diario de la Marina y para mayor comprensión y mejor lectura lo hemos transcrito en Word. Que lo disfruten.

SEGUNDA PARTE.-


DIARIO DE LA MARINA
LA HABANA -  CUBA
COSTUMBRES GADITANAS: EL CARNAVAL

I
(Continúa)
Aquí se ve un hombre, a quién sin saber cuándo ni cómo, han transformado en una máscara grotesca rompiéndole encima un cartucho de polvos, que lo ha puesto tal, que no le conociera la madre que le parió: allí un temerario, que habiendo tenido la suerte de agarrar el saquillo con que le acababan de sacudir, está esforzándose por arrancárselo a siete u ocho muchachas, que desde un balcón se lo disputan, mientras que veinte chiquillos y otros tantos cubos de agua de los vecinos balcones, hacen al pobre una guerra cruel a sus costillas y vestidos. El bello sexo en estos días, como que le toca hacernos la guerra desde arriba, sabe aprovechar las ventajas de su posición, socorriéndose mutuamente en casos de apuro ¡ay que infernal y femenil coalición!

Aquí aquello de ¡suéltalo plaznó! ¡alza mauro! lo de arrimarle una estopa a las orejas y otras mil diabluras, que no pueden menos de convencer a D. viva la Virgen de su temeridad. Más allá salta un aguador (y no de alegría) con su estopa ardiendo en el cogote, la que prefiere se consuma sobre sus tegumentos, antes que tirar la cántara del agua…

La confusión, la batahola y el desorden, crecen por minutos; las cuadrillas de jóvenes del sexo que no es hermoso (excepto yo, que no hay regla sin excepción) toman la represalia contra los balcones, a donde dirigen sendos cubos de agua, con instrumentos nada poéticos: los triqui-traques, mistos y otros fuegos de artificio, se queman con profusión y el escándalo crece. A medida que las horas se deslizan, va desapareciendo la consideración de no marchar a los que van bien vestidos.

Es la media tarde, y ya no se respetan clases ni categorías, llegó la hora de la igualdad y todos llevan su contingente de saquillos, agua, polvos y fuegos; las patrullas se cruzan, llevando los fusiles con las llaves cubiertas, y por esto puede inferirse, quién será el mortal que osando pasar por debajo de aquella batería formidable se libre de la maña de tan lindas como crueles enemigas. Ellas no consideran que muy pronto bajarán del puesto, en que un rengloncillo del calendario las ha colocado, y sólo tratan de sacar todo el partido posible de su transitoria elevación… (¡oh influjo de la nueva política cómo te entiendes!). Las mascaras ridículas bullen en todas direcciones, los muchachos corren sonando sus matracas, las gentes se atropellan por huir de aquellas descargas cerradas, y esta es la hora del delirio, de la locura universal.
II
A las ocho de la noche todo está concluido: la ciudad ha mudado totalmente de aspecto, ya no hay peligro de fuegos, agua ni sacos; la hostilidades están suspendidas hasta el otro día. Las más chistosas improvisaciones y los equívocos más oportunos, han sustituido a las gracias mohosas del carnaval; las máscaras elegantes a las ridículas y exóticas figuras, la urbanidad a la desenvoltura, lás agudezas a las chocarrerías. ¡Ya es la culta Cádiz la que se presenta a nuestros ojos! La ciudad no ofrece ya la perspectiva de una jaula de locos; cada hijo de vecino es un nuevo Proteo, y tan fácilmente hace reír  con el más ridículo disfraz, como encanta con el saladísimo vestido de majo, como brilla en las sociedades de gran tono por su elegancia y su finura. Durante el día ha demostrado de todo lo que es capaz el envidiable humor andaluz, y la noche ha venido para patentizar que los que pocas horas antes estaban entregados al desorden y una algazara sin igual, saben pasar también en un momento a aquellas maneras delicadas y circunspectas, que demanda el buen nombre de tan ilustrada ciudad.

Mil y mil máscaras sueltas que bulle y chillan y se empujan y atropellan por todas partes, las vistosas y bien organizadas comparsas que marchan al compás de sus músicas, las calles que a modo de feria están completamente iluminadas, convidando a la población entera a presenciar un cuadro tan rico y variado, y la alegría que reina en todos los semblantes no revelan por cierto la decadencia del antiguo emporio. Reflexiones se agolpan en este momento a mi cerebro que no pueden menos de afectar dulcemente mi corazón. No es un artículo de costumbres el que escribo, lejos de mi tal presunción, es una narración descriptiva, es un tributo que estoy pagando a mi querida patria, sugerido por mi gratitud y mis tristes recuerdos…

La ciudad de Cádiz otro tiempo el orgullo y el espejo de los españoles, no puede menos de demostrar en cada festividad aquella esplendidez, aquella prodigalidad con que siempre se señala el grande hasta en medio de sus infortunios. Aquí recuerdo que estando mi excelente amigo el señor García Gutierrez trayendo a la memoria las pasadas glorias y grandezas de Cádiz, la hace exclamar con estos dulces y sentidos versos:

“Otro tiempo feliz mi blanda orilla
Tocó preñada de opulencia y oro
De cien bajeles la sonante quilla,
Y púrpura y aromas
Me tributaba tímido el oriente,
Y prosternado el orbe apercibía
Laurel y rosas para ornar mi frente.”

En las casas no se oye otra cosa que graciosos cantares, y las guitarras cuyos sonidos se mezclan con el bullicio que promueven los disfrazados: no se ve más que baile, animación. Las familias pacificas que no toman una parte activa en estas diversiones, circulan por las calles, gozando con la perspectiva de tan bello panorama. Es además general costumbre, que bien las familias privadamente, o bien las reuniones de jóvenes de ambos sexos, hagan columpios de sogas pendientes del techo, donde se mecen las mozas a impulsos de los brazos de los mocitos de primera figura; generalmente este es un tributo que pagan de grado los bozalitos, al tiempo que los cotorrones se sitúan como Colás el guachinango, pescando para sí, o para sus compañeros… No hay regla sin excepción y ya es de presumirse que no hay un por qué los columpios estén exentos o excluidos de este adagio tan antiguo como verdadero.

Las jóvenes decentes, se columpian con más o menos actividad, según los grados de espíritu de rotación, que en ellas predomine, pero sin que por esto haya pelea ni para Colás ni para sus compañeros, tampoco se sabe que la honestidad y la decencia (de ello al menos no hablan las crónicas) haya reñido jamás con los columpios, y así es que no se creen incompatibles. El abuso no puede ni debe de ninguna manera hacer desterrar el uso de una costumbre peculiar e inocente. Los jóvenes hacen corros en un patio donde en un costado está pendiente el columpio; las muchachas están por su turno aguardando la vez de que las meneen, siendo entonces su único anhelo, que el movimiento sea tan rápido y continuo que las hagan pintar con los pies en el techo. Entre tanto las que aguardan aprovechan aquellas preciosas horas en volver a la vida a algún majo romántico, que hasta en este círculo gira el romanticismo, o bien en intrigar con sus favorecedores, para anteponerse a fulanita o menganita, que debía sentarse antes en el columpio. Entonces los cantos son peculiares y el instrumento, la característica pandereta, tocada entusiasmadamente: Paréceme aún estar viendo a una de aquellas zalerozas gaditanas columpiándose y cantando al son de las panderetas:

“En el columpio estoy
porque no digan,
que está mi amante ausente
y yo pensativa,”

(Concluirá.) 

Fuentes:
Diario de La Marina (La Habana - Cuba) - 1, 2 y 3 de febrero de 1845.
Transcripción: Eugenio Mariscal Carlos.
Archivo: Aula de Cultura del Carnaval de Cádiz.    

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